La campana del Palacio de las Academias
Se dice que las campanas constituyen el primer símbolo de un asentamiento y el último en desaparecer
El Palacio de las Academias es una edificación colonial del siglo XVI, reformada en estilo neogótico, con uso cultural e institucional, situada en Caracas, Venezuela, exactamente en la avenida Universidad, con esquinas de La Bolsa a San Francisco, frente al Palacio Federal Legislativo en la parroquia Catedral.
Comenzó a ser construido en 1577 como convento franciscano, anexo a la Iglesia de la Inmaculada Concepción, tradicionalmente conocida como el Templo de San Francisco. La culminación de la construcción del convento ocurrió apenas a finales del siglo XVIII, en 1794. Su estructura y el campanario sucumbieron durante la guerra de Independencia, el Jueves Santo de 1812, a raíz del fuerte sismo que afectó a Caracas. En 1821, mismo año de la batalla de Carabobo, se decidió suprimir el Convento de San Francisco y desde entonces la edificación ha sido sede de diversas instituciones, como la Dirección General de la Institución Pública y la Cámara de Diputados, en el siglo XIX y comienzos del XX.
La edificación resistió el terremoto de San Narciso en 1900. Posteriormente, fue sede de la Universidad Central de Venezuela. Desde que esta última se mudó al campus diseñado por Carlos Raul Villanueva en 1952, el convento, ahora denominado Palacio de las Academias, es sede de las Academias Nacionales: Lengua (1883), Historia (1888), Medicina (1904), Ciencias Políticas y Sociales (1915), Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (ACFIMAN, 1917), Ciencias Económicas (1983) y de la Ingeniería y el Hábitat (1998). Desde 1956, el Palacio de las Academias es Monumento Histórico Nacional y Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación. El 24 de junio de 2026, tras los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 que azotaron varias regiones del país, con mayor intensidad en el Distrito Capital y el estado La Guaira, ocurrió el colapso de la torre del Palacio de las Academias, y con ello, la caída de su emblemática campana.
Pero ¿por qué hablar de la campana del Palacio de las Academias?

Palacio de las Academias, antes y después de los terremotos del 24 de junio de 2026
En el contexto griego, “campana” proviene de “Vilos” (ΒΗΛΟΣ), rey cuyo nombre era sinónimo de la palabra “sol” (Helios). Del Vilos babilónico deriva el nombre “Val”, “Ball” o “Bell”, quien llegó a ser considerado un dios. Vilos fue también el primer rey de Egipto.
A partir de allí, las campanas se expandieron a Egipto y a diversas zonas de Asia y luego a los romanos, quienes las incorporaron a la Iglesia católica al menos desde el siglo V. Fueron llamadas “tintinábula” por los romanos y “signum” o “glocca” o “nola” por los cristianos, al ser usadas para avisar la hora de las reuniones. El nombre de campana surge por lo menos desde el siglo VII y en el ámbito religioso su sonido puede estar asociado a poder y devoción.
Las campanas son universales. Para el budismo tibetano, una campana es símbolo de compasión, un dispositivo espiritual que permite manifestar la presencia espiritual, utilizado por damas para simbolizar el despertar espiritual, sinónimo de claridad y conciencia. Para los hindúes y sus diversas tendencias espirituales, su significado varía desde ser un instrumento netamente musical, una experiencia auditiva, hasta un atributo simbólico de diversas deidades e incluso de reconocimiento y piedad.

Palacio de las Academias, antes y después de los terremotos del 24 de junio de 2026
Pero… siempre que suena una campana, su musicalidad convoca a la unión, a crear vínculos. Su llamado atraviesa distancias, muros, campos, tragedias, alegrías, a quien cree y a quien duda; despierta algo olvidado, que nos convoca a mirar el cielo, incluso en silencio. Suenan en grandes momentos de la vida, alegres o tristes, al cambiar su tonalidad y ritmo, sabemos en cada silencio de su toque, el significado de su musicalidad. Es como un centinela que nos cuida y traduce lo que sentimos en el momento donde ellas dan voz a lo que callamos. Presencia, palabra, acción, esperanza. Su significado es tan inconmensurable que en 2022 el repique manual de campanas fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).
Fabricar una campana implica trazar su figura, construir el molde, y solo al final, verter el material fundido, de donde al enfriarse surge la verdadera campana. Un proceso de ideación, estrategia y materialización que concreta lo que cada vida representa. Mucho más que un instrumento. Es un símbolo, una vibración, un ser orgánico cuyo sonido nos habla de la trascendencia de cada vida en armonía con su entorno. Faros, que nos recuerdan con su tintineo, nuestra búsqueda constante de concordia en momentos tristes, de angustia o de alegría. Recodos a gran altura donde las aves susurran mensajes milenarios de supervivencia. Allá están ellas, las campanas, desafiando las adversidades, fieles a su misión de convocar el corazón de la humanidad.
Y la del Palacio de las Academias acaba de caer, apenas hace nueve días, durante los terremotos del 24 de junio. Pero no al suelo, los terremotos no pudieron con ella… quedó engarzada y arropada por los escombros de la torre. Aún suspendida, de medio lado, desafiando la gravedad.
Se dice que las campanas constituyen el primer símbolo de un asentamiento y el último en desaparecer. La campana del Palacio de las Academias se niega a desaparecer. Sigue allí, tambaleante, acurrucada como los sobrevivientes de esta tragedia que nos invade, como símbolo que aglutina valores morales, signos espirituales, recursos humanos, capacidad de comunicación y claves lingüísticas que son casi humanas; que constituyen el espejo donde reflejarnos para entender lo críptica que puede ser la vida y la necesidad de convocarnos a seguir construyendo un mejor país. Desde la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela (ACFIMAN) los invitamos a decidir seguir construyendo país. Tenemos la oportunidad de hacerlo.
Por Alicia Ponte-Sucre
Presidenta de ACFIMAN
Foto principal: Rodrigo Ponte





