Mente, espejos moleculares y neutrinos: lo invisible se revela en los Premios Nobel 2026
Aquello que no está a simple vista, pero que garantiza el progreso de la ciencia y de la humanidad
“Si un árbol cae en un bosque desierto y nadie lo escucha, ¿hace ruido?”. Durante siglos, los filósofos han jugado con la idea de que lo que no se percibe no existe. Para los ganadores de los Premios Nobel de Ciencia 2026, lo imperceptible no solo hace ruido, sino que allí, en lo invisible, se esconden los secretos que mueven al universo. Este año, se premió a la medicina que encendió las neuronas con luz, a la química que se copió a sí misma para crear solo la versión «zurda» o «diestra» de una molécula, y a la física que capturó partículas “fantasma” llegadas del espacio.
Conversamos con tres expertos —incluidos dos Individuos de Número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela (ACFIMAN)— sobre el impacto de los avances reconocidos por el Instituto Karolinska, en Fisiología o Medicina, y por la Real Academia de las Ciencias de Suecia, en Química y Física.
De las algas a la mente

© Comité Nobel de Fisiología o Medicina. Ilustrador: Mattias Karlén
El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 fue otorgado al estadounidense Karl Deisseroth y a los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel “por sus descubrimientos sobre los canales iónicos regulados por la luz y la optogenética”, señala el veredicto. Hegemann y Nagel descubrieron la canalrodopsina, una proteína que le permite al alga verde unicelular del género Chlamydomonas nadar hacia fuentes de luz. Por su parte, Deisseroth introdujo el gen de la canalrodopsina —ausente en vertebrados, siendo su equivalente la rodopsina— en células nerviosas de ratas, logrando activar una señal nerviosa al iluminarlas con luz azul. Luego, consiguió que este interruptor controlado por destellos luminosos funcionara en el cerebro de ratones vivos. “Los galardonados han sentado las bases de una nueva era en la neurociencia”, reza el comunicado oficial.
“La belleza fisiológica detrás de toda esta experimentación y la gran hazaña es haber podido transferir, de forma exitosa y mediante procesos muy precisos de biología molecular, el gen de la canalrodopsina a células de vertebrados y transformar a estas últimas en células sensibles a la luz”, señaló la doctora Alicia Ponte-Sucre, presidenta de la ACFIMAN. Para la académica, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 integra el conocimiento botánico (fisiología celular) y la medicina (fisiología de tejidos u organismos multicelulares). Gracias a la optogenética, es posible analizar con precisión “los procesos de comportamiento humano en todas sus dimensiones (problemas emocionales, cognición, problemas de comportamiento), ‘encendiendo’ o ‘apagando’ neuronas específicas en el cerebro”, explicó la profesora titular jubilada de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Entre lo real y lo posible

En ensayos clínicos en fase avanzada, la optogenética ha logrado restaurar parcialmente la visión en personas ciegas por retinitis pigmentosa mediante terapia génica ocular y gafas de estimulación luminosa. En el resto de las neurociencias, su mayor valor actual es indirecto: sirvió como la herramienta de laboratorio que permitió descifrar los circuitos de la enfermedad de Parkinson, la epilepsia o la adicción para perfeccionar los tratamientos médicos actuales.
Fuera del sistema nervioso central, se investiga en modelos animales el uso de la optogenética para desarrollar “marcapasos ópticos” que corrijan arritmias con luz (sin necesidad de descargas eléctricas), así como para desactivar selectivamente las neuronas que transmiten el dolor crónico sin recurrir a opioides. Según la doctora Ponte-Sucre, también se han adelantado estudios experimentales para modular la secreción hormonal (por ejemplo, de insulina o glucagón en el páncreas) y controlar procesos de migración celular en el cáncer.
¿Qué barreras deontológicas podrían surgir antes de su aplicación masiva en seres humanos? Para la presidenta de la ACFIMAN, la rigurosidad ética debe convertirse en el pilar fundamental de esta metodología. En primer lugar, porque se están transfiriendo a células humanas genes provenientes de microorganismos como las algas. En segundo lugar, porque “si el comportamiento de una persona será regulado por un proceso de activación y desactivación neuronal con base en la luminosidad, esto podría afectar su identidad y autonomía”.
El espejo de la vida

© Johan Jarnestad/Real Academia de las Ciencias de Suecia
El Premio Nobel de Química 2026 fue concedido al francés Henri Boris Kagan y al japonés Kenso Soai “por el descubrimiento de efectos no lineales y autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica”, se lee en el veredicto.
La quiralidad es la propiedad geométrica por la cual una molécula y su imagen especular (reflejada en el espejo) no se pueden superponer entre sí; son como la mano izquierda y la mano derecha: idénticas en composición, pero opuestas en su orientación espacial. En la Tierra, los aminoácidos (los bloques con los que se construyen todas las proteínas) son zurdos, mientras que los azúcares (como la glucosa y las estructuras del ADN y el ARN) son diestros. Esta marcada preferencia de la biología por utilizar únicamente una de las dos formas quirales se denomina homoquiralidad. Kagan y Soai descifraron el enigma de cómo puede surgir espontáneamente la homoquiralidad.
Para el doctor Benjamín Scharifker, Individuo de Número (Sillón XIV) de la ACFIMAN, los aportes de Kagan y Soai “constituyen uno de los mayores hitos en el estudio del origen de la vida a partir de materia inanimada”.
Lo inanimado cobra vida

Si se prepara una reacción química sintética desde cero, siempre se obtiene una mezcla equilibrada: 50 % de moléculas “zurdas” y 50 % de moléculas “diestras”. Sin embargo, Kagan y Soai demostraron que la homoquiralidad no solo puede autogenerarse, sino también autoamplificarse. A través de un fenómeno bautizado por Soai como autocatálisis asimétrica, una molécula quiral actúa como su propio catalizador, logrando transformar una mezcla neutra en una sustancia completamente pura (100 % de configuración “zurda” o “diestra”).
Este hallazgo cambia el paradigma sobre el origen de la vida. Como destacó el doctor Scharifker, la autocatálisis asimétrica demuestra que la homoquiralidad pudo surgir antes de la biología y no como consecuencia de ella. “La química primitiva contaba con una vía directa para corregir sus errores de simetría, sin necesitar la intervención previa de procesos vivos”, afirmó.
Si la homoquiralidad puede autogenerarse y autoamplificarse en el laboratorio, significa que no es necesariamente una propiedad de origen cósmico, “impuesta desde el espacio mediante luz ultravioleta circularmente polarizada de estrellas de neutrones —que habría destruido selectivamente un tipo de molécula en los meteoritos—”, acotó el doctor Scharifker. En este sentido, precisó que la vida pudo haber encontrado su asimetría directamente en la Tierra, sin depender de eventos astrofísicos extremos. “No hace falta intervención biológica ni un milagro extraterrestre para pasar de la simetría de la materia inanimada a la asimetría de la vida”.
Bienestar y seguridad como premisas
De acuerdo con el veredicto del Premio Nobel de Química 2026, los hallazgos de Kagan y Soai “han sido decisivos para los químicos que diseñan reacciones para la fabricación de productos farmacéuticos”. ¿Existirían los medicamentos modernos si la química farmacéutica no dependiera de la homoquiralidad? “Sí existirían”, respondió el ganador del Premio Fundación Empresas Polar “Lorenzo Mendoza Fleury” 1993. No obstante, “la medicina y la industria farmacéutica serían muy distintas a como las conocemos”, aseguró el académico de la ACFIMAN. Como el cuerpo humano es homoquiral (asimila una de las dos moléculas, “derecha” o “izquierda”), “no es posible ignorar la quiralidad al diseñar fármacos; de hacerlo, nos expondría a escenarios muy perjudiciales para nuestra salud”.

Un ejemplo lamentable de no haber controlado la quiralidad es la talidomida, un fármaco recetado masivamente en las décadas de 1950 y 1960 como sedante y para calmar las náuseas matutinas en mujeres embarazadas. El medicamento se comercializaba como una mezcla equilibrada (50 % de cada molécula). Mientras una de las formas aliviaba los malestares, su imagen especular (la otra variante quiral) provocaba malformaciones congénitas severas en el desarrollo fetal. “La capacidad de comprender y replicar la homoquiralidad en el laboratorio es, literalmente, lo que separa a la medicina moderna de las tragedias farmacológicas del pasado”, sostuvo.
Más allá del ámbito médico y farmacéutico, el doctor Scharifker destacó la profunda relación entre la quiralidad y la física cuántica, un campo fascinante que conecta la geometría de las moléculas con las leyes fundamentales que rigen el universo. A nivel cuántico (a escala atómica y subatómica), el efecto CISS (Chirality-Induced Spin Selectivity o selectividad de espín inducida por quiralidad) “está revolucionando la tecnología, al permitir dar el salto definitivo de la electrónica tradicional a la espintrónica molecular”, afirmó. Sobre este punto, mencionó los aportes hechos por los científicos venezolanos Vladimiro Mujica (1956-2026), Solmar Varela y Ernesto Medina Dagger, cuyos trabajos ayudaron a resolver el rompecabezas teórico del efecto CISS. “Este avance no solo permitirá diseñar supercomputadoras que consuman una fracción de la electricidad actual y no se recalienten, reduciendo drásticamente la huella de carbono de los centros de datos, sino que también abrirá la puerta a memorias de almacenamiento que prácticamente no se desgastan”.
Hielo polar celeste

© Johan Jarnestad/Real Academia de las Ciencias de Suecia
El Premio Nobel de Física 2026 fue otorgado al belga-estadounidense Francis Halzen “por sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico”.
Los neutrinos son partículas subatómicas “fantasma”, sin carga eléctrica y con una masa casi nula. Traspasan la materia, incluyendo la Tierra y nuestros cuerpos, por miles de millones cada segundo, sin apenas interactuar con ella ni emitir luz visible propia. Son una especie de “mensajeros astronómicos” insustituibles para explorar los confines más violentos del universo por dos razones fundamentales: en primer lugar, al poseer energías tan altas, nacen en cataclismos cósmicos, como las supernovas o los agujeros negros supermasivos; en segundo lugar, al no tener carga eléctrica, nada los desvía, por lo que avanzan en una perfecta línea recta desde su origen hasta nuestro planeta.
Nueva era
IceCube es el telescopio de neutrinos más grande del mundo. Ubicado en el Polo Sur, ocupa un volumen de un kilómetro cúbico entre 1400 y 2400 metros de profundidad. El observatorio se vale de la absoluta transparencia y pureza del hielo antártico para atrapar los débiles destellos de luz que emiten los rarísimos momentos en que un neutrino colisiona con la materia del hielo.

Observatorio de Neutrinos IceCube (Cortesía: Wikimedia/Christopher Michel)
“La detección de neutrinos abre una nueva era en la astronomía”, reconoció el doctor José Antonio López, representante de la UCV y coordinador del Grupo Venezuela en la colaboración internacional LAGO (Latin American Giant Observatory, u Observatorio Latinoamericano de Detectores de Partículas). El hecho de poder observarlos por primera vez con instrumentos como el IceCube aporta información valiosa “sobre la física de objetos celestes que no se manifestaban a energías menores. Empezamos a ver una parte de la naturaleza totalmente nueva para nosotros”, dijo.
El docente universitario explicó que, hoy en día, se habla de astronomía multimensajera, un nuevo campo de la astrofísica que combina diferentes tipos de señales o “mensajeros” cósmicos para estudiar un mismo fenómeno del universo. La astronomía tradicional se basaba únicamente en la radiación electromagnética, que incluye la luz visible. Ahora, los científicos usan esa luz junto con otros tres “mensajeros”: las ondas gravitacionales (ondulaciones en el tejido del espacio-tiempo), los rayos cósmicos (núcleos de elementos químicos como el hidrógeno y el helio) y los neutrinos (como los capturados por IceCube). “Cada componente brinda una visión complementaria que ayuda a entender la naturaleza del objeto que la produce”, precisó.
El cercano infinito

No es el primer Premio Nobel de Física que reciben los “cazadores terrícolas” de neutrinos. Destacan, entre otros, el galardón por la primera detección experimental directa de la partícula (Frederick Reines, 1995); el otorgado por la captura de neutrinos cósmicos y solares (Raymond Davis Jr. y Masatoshi Koshiba, 2002), y el de 2026. Cuando Reines y Clyde Cowan confirmaron la existencia del neutrino en 1956, demostraron que era posible detectarlo, “algo que hasta entonces se estimaba muy difícil”, recordó el doctor López. Si el Nobel de 2002 reconoció la construcción de los primeros instrumentos capaces de captar neutrinos solares y de supernovas, el galardón de 2026 premió la capacidad de observar neutrinos de alta energía, “abriendo la puerta a la observación de otra clase de objetos universales”.
¿Qué cambia todo esto en la vida cotidiana del ciudadano común? Para el coordinador académico de la Facultad de Ciencias de la UCV, comprender estos fenómenos invisibles para el ser humano abre respuestas científicas que, además de interesantes, terminan siendo “de las más relevantes en el largo plazo”.
Los Nobel “blandos”
La Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura 2026 a la canadiense Anne Carson “por su obra audaz e ingeniosa que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”.
Por su parte, el Comité Noruego del Nobel (designado por el Parlamento de Noruega) decidió otorgar el Premio Nobel de la Paz 2026 a la sudafricana Navanethem “Navi” Pillay “por sus esfuerzos para promover la paz y el derecho internacional”.
Finalmente, la Real Academia de las Ciencias de Suecia otorgó el Premio Sveriges Riksbank de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel 2026 a los estadounidenses Robert Ernest «Bob» Hall y Michael Dean Woodford “por los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica”.





